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Mitología de las aceras

(…)
Entonces un tornado de esperanzas
fecundó el plácido asfalto,
y alumbró baches y hierbas,
robles, sauces, parachoques,
impaciencias, atascos y premuras,
nostálgicas bandadas de palomas
enfermas y tapas de alcantarilla.
La creación, sin embargo, carecía aún
de sentido.
Por eso, las entrañas de la tierra,
entre dolores de magmas incandescentes
y vapores de sabor a sulfuro
engendraron furiosamente los automóviles.
Como animales furtivos,
salieron, recelosos, de sus guaridas
y crecieron y se multiplicaron
y poblaron las calzadas,
hasta entonces tan inútiles,
de enjambres de ruidos de motores
bocinas, intermitentes y tubos de escape
y ya nunca las avenidas se sintieron solas.
Mas era todavía necesario
que alguien le diese nombre a cada especie
ya fuera su tacto de óxido
de escamas de ladrillo
o de piel de ballena de plástico
y fue por eso, solo por eso,
que apareciste tú,
anónimo ciudadano.

Jaime González Arguedas

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